4 de abril de 2012

Ejercicios contraindicados... ¿de verdad?


Una de las malas costumbres que tenemos los seres humanos es la de querer clasificarlo todo. Y una vez clasificado, crear “reglas absolutas” en cuanto su uso, aplicación, propiedades, etc... basándonos en esa clasificación. Por ejemplo, “el pan (carbohidratos) engorda y la fruta no”. En la vida cotidiana y con el ciudadano de a pie, aún no siendo ideal esta visión tan simplista, es cierto que desde un punto de vista práctico puede sernos de ayuda para tomar decisiones sobre las que no somos expertos. Pero desde un punto de vista profesional no sería serio hacer la misma lectura. Incluso podría ser una irresponsabilidad. ¿Os imagináis a un nutricionista haciendo la misma afirmación anterior, sin considerar otros aspectos tales como la cantidad, el tipo, el momento en que se comen, las características y necesidades de la persona, etc...? Mejor salir corriendo de la consulta, ¿no? Pues bien, los profesionales del ejercicio, en muchas ocasiones funcionamos igual. Clasificamos los ejercicios, equipamientos, métodos, etc... y asociamos unos beneficios o riesgos, absolutos, sin matices. Y, lo peor, muchas veces no fundamentados en ninguna explicación científica, si no en lo que siempre se ha dicho, lo que creemos, lo que nos han “vendido” los defensores del método o equipamiento, o lo que sentimos o pensamos subjetivamente según nuestra propia experiencia.

Una de las etiquetas clásicas es la de “ejercicio contraindicado”. Entendemos por contraindicados aquellos ejercicios que NUNCA deberíamos realizar ni recomendar a nuestros clientes. ¿Es eso así? ¿Realmente existen ejercicios contraindicados? ¿En qué nos basamos para clasificar a un ejercicio de contraindicado? ¿No sería más apropiado hablar de la relación riesgo-beneficio de un ejercicio? Nada es bueno o malo. Igual que los medicamentos, cualquier ejercicio tiene unos beneficios y riesgos potenciales, por lo que debemos, como profesionales, determinar objetivamente si ese balance es positivo o negativo a la hora de recomendar un ejercicio concreto a un cliente. De este modo, hablaríamos con mayor propiedad si decimos que un ejercicio es contraindicado para una persona específica o que un ejercicio comporta un "alto riesgo" para la mayoría de personas. Pero, como tales, ¡los ejercicios contraindicados no existen!

¿Qué determina esa relación riesgo-beneficio? Tomando como referencia el análisis que hace Tom Purvis en su programa de formación en biomecánica RTS (Resistance Training Specialist), podríamos decir que: 


El beneficio viene determinado por la aplicación de ese ejercicio para las necesidades y objetivos del cliente. ¿Tiene en cuenta su nivel, condiciones  y características? ¿Le va a ayudar a acercarse hacia sus objetivos?
Por otro lado, el riesgo vendrá determinado por:
  • ¿Cuánto nos desviamos de la función normal? ¿respetamos la estructura y función de las articulaciones implicadas? Ssi la rodilla se mueve en el plano sagital durante la flexión y extensión pero aplicamos fuerzas fuera de ese plano  el riesgo incrementa (por ejemplo cuando al realizar una sentadilla las rodillas "caen" hacia dentro). 
  • ¿Cuánta fuerza aplicamos? Es obvio que, a mayor fuerza aplicada sobre la misma superficie, representa un mayor stress y aumenta el riesgo. Lo que muchos profesionales no tienen en cuenta es que la magnitud de esa fuerza no solamente depende del “peso” con el que trabajemos, si no que también otros factores como las aceleraciones o la dirección de esa fuerza pueden ser determinantes.
  • ¿Durante cuánto tiempo?  Muchas veces, el riesgo aumenta por la repetición de un movimiento donde la carga es muy pequeña. Ejemplos son las lesiones en la muñeca ocurridas por el uso diario del mouse del ordenador o por pasar muchas horas al día sentados en la misma posición. 
  • ¿Con qué frecuencia? Correr una vez un maratón para cumplir un sueño resulta en menor riesgo que correr 100 maratones a lo largo de la vida.
  • ¿Cómo hemos progresado y preparado a esa persona para ese ejercicio? Está claro que una progresión adecuada tanto en las cargas como en el aprendizaje de la técnica de un ejercicio limitan el riesgo. Debemos entender esa progresión y preparación tanto a largo plazo como a corto (p.e. si he realizado un calentamiento adecuado para la actividad que voy a realizar a continuación).
Así pues, antes de etiquetar ejercicios, basándonos en falsas creencias o prejuicios, analiza la situación y caso concretos, para determinar si ese ejercicio en cuestión aportará unos beneficios a tu cliente que sobrepasan los riesgos que lleva implícitos.