30 de agosto de 2012

¿Evaluar? Sí, pero... ¿¿el qué??



Como entrenadores personales, una de nuestras primeras preocupaciones debería ser la de evaluar, valorar u obtener información sobre el estado de salud y condición física de nuestros clientes o atletas. De hecho, si no sabemos de dónde partimos será difícil establecer objetivos realistas y alcanzarlos. Para tal cometido existen numerosos protocolos y baterías de test a nuestro alcance. Pero, ¿qué criterios seguimos para elegir entre todos ellos? ¿Qué aspectos de la condición, capacidad o habilidad física deberíamos evaluar? ¿Una misma valoración para todo el mundo? ... ¡Son muchas las cuestiones que me vienen en mente al respecto!

Parece obvio que una recogida de datos e información sobre el cliente o deportista a través de una entrevista personal y/o cuestionarios debe ser el punto de partida (datos personales, historial médico, historial deportivo, estilo de vida, objetivos, necesidades, preferencias, etc...). Desde el punto de vista de la salud, un filtro para detectar posibles contraindicaciones en la práctica de actividad física sin la supervisión y/o consentimiento médico, es muy recomendable (PAR-Q).

También parece claro que algún tipo de valoración antropométrica y de composición corporal debería estar entre nuestra batería de test. Peso, altura, algunos perímetros corporales, una valoración de la composición corporal, etc... Esta información puede ser esencial tanto desde un punto de vista de salud (para detectar aquellos casos donde existe un riesgo incrementado de sufrir enfermedades cardiovasculares y metabólicas) como desde un punto de vista de estética o de rendimiento. 

Hasta aquí, seguramente todos estaríamos de acuerdo, sin entrar a valorar los protocolos utilizados, que pueden variar en función del entorno en el que se realicen, material disponible, formación del evaluador, etc... Las dudas se me plantean a partir de aquí: ¿qué otros aspectos debemos valorar como entrenadores personales? ¿La fuerza? ¿La resistencia cardiovascular? ¿La flexibilidad? ¿El equilibrio? 

Durante años, ha sido relativamente frecuente incluir baterías de test que valorasen, de alguna u otra forma, la resistencia cardiovascular, la fuerza y fuerza resistencia muscular y la flexibilidad. En algunos casos se podría debatir si el test seleccionado realmente valora aquello que se le supone (p.e. “seat and reach” como test de flexibilidad). En otros,  la clasificación según los resultados obtenidos y la comparativa entre individuos de la misma edad y sexo no tiene en cuenta otros parámetros que podrían ser determinantes en el resultado (p.e. proporciones entre diferentes segmentos corporales en cada individuo). Incluso algunos tests pueden cuestionarse desde un punto de vista ético-profesional ¿Es correcto pedirle a un cliente un esfuerzo máximo (o de una magnitud significativa) en un ejercicio si no controla dicho ejercicio con una técnica correcta? Este último caso es muy frecuente en los protocolos y test de fuerza con clientes con poca experiencia en este tipo de entrenamiento (¡que son muchos!). ¿Realmente qué estamos valorando? Además, ¿qué información "aprovechable" obtenemos de este tipo de valoración? ¿Y en qué nos va a ayudar en el diseño del programa? Sin duda, existirán casos en los que esa valoración específica de la fuerza sea de ayuda e, incluso imprescindible, pero... ¿En cuántos casos de nuestro día a día como entrenadores personales? Tal vez el problema radica, como en muchas tantas cosas en la vida, en que buscamos aspectos cuantitativos en lugar de cualitativos. ¿No sería mucho más apropiado empezar valorando cómo se mueve el cliente? ¿Qué control tiene? ¿Es capaz de estabilizar aquellas articulaciones que lo requieren durante un movimiento en cadena? ¿Tiene suficiente movilidad en todas las articulaciones o existen limitaciones que afecten al movimiento? ¿Es capaz de realizar determinadas acciones o patrones de movimientos básicos de una forma eficiente?

Seguramente mi experiencia personal no es muy distinta de la de muchos otros entrenadores. Cuando hace ya más de 20 años empecé a trabajar para la principal cadena de centros de fitness en Barcelona (y por aquél entonces, referente de todo el territorio nacional), existía un protocolo de valoración determinado que se realizaba en la sala de fitness con cada cliente y en cada cambio de programa (6-8 semanas). Consistía, además de los cuestionarios iniciales, en un test progresivo submaximal en una bicicleta estática, un test de flexibilidad (Tot-flex, creo recordar) y un test de fuerza resistencia sobre cinco ejercicios: en cuatro de ellos buscábamos el máximo peso con el que el individuo podía completar 12 repeticiones y en el último debía realizarse el máximo número de sit-ups en un minuto (sobre un banco diseñado para tal efecto). Por aquél entonces, a mi me parecía una valoración completísima y muy lógica. Al fin y al cabo, yo tenía poca experiencia y allí era lugar soñado para aprender. Hasta aquí todo ok. Y los clientes encantados con su valoración y nuestras explicaciones.

Lo habitual es que aquél que entrenara con una cierta regularidad e intensidad mejorara en los sucesivos tests. Pero esto tenía fecha de caducidad. Siempre llegaba un momento en el que alguno o varios de los ítems valorados en el test de fuerza fueran inferiores al test anterior. Podría ser en el tercer, cuarto o quinto programa. Pero pasaba. Entonces es cuando te ves en la complicada situación de tener que explicarle que el entrenamiento de fuerza y sus adaptaciones son muy específicos,... que en función de los ejercicios que ha estado haciendo, del equipamiento usado y de las intensidades puede haber una diferencia en los resultados,... que eso no significa que haya disminuido su nivel de fuerza,... que las anotaciones diarias en el programa de entrenamiento ya muestran que ha ido aumentando las cargas (de los ejercicios de ese programa), etc... Difícil misión. Y entonces es cuando empiezas a cuestionarte qué estamos valorando exactamente, para qué nos sirve  ese valor obtenido y qué efectos adversos puede tener en el cliente si este no mejora sucesivamente en los test. Con algunos clientes, tuve la sensación de que ellos se preguntaban exactamente lo mismo. Y es que, si lo miramos desde el punto de vista simple y lógico de cualquier persona de a pie, “si el resultado es más bajo, es que he empeorado”.

Posteriormente busqué y, debo admitirlo, apliqué otros protocolos. Pero llegaba a las mismas conclusiones. Hasta un momento en que, al tener un mayor criterio objetivo para cuestionarme la idoneidad de cualquier forma de valorar la fuerza que no tenga en cuenta aspectos biomecánicos básicos y al no importarme dejar de hacer aquello que se supone cualquier buen entrenador “debía”, dejé de valorar de forma genérica la fuerza de mis clientes. Ese aspecto cuantitativo no me decía absolutamente nada sobre ellos. Y ahí comencé otra búsqueda.


Búsqueda de algún tipo de valoración cualitativa que me diera información sobre el control que tienen de su cuerpo y la calidad del movimiento. Que me mostrara el control sobre determinados patrones motores fundamentales de cada uno de mis clientes. Que me diera información sobre asimetrías, limitaciones en el ROM que afecten al movimiento, la capacidad de estabilización e, incluso, la aparición de síntomas (dolor) que requieran de una valoración más exhaustiva por parte de un médico. Una valoración que no analice analíticamente un grupo muscular o articulación, sino que se fije en la inter-relación entre  segmentos corporales, en cadenas musculares. Y que, además, permita una valoración objetiva donde no influya el ojo del evaluador, que sea medible y cuantificable (mediante algún número, índice o valor), que proporcione una información relevante que permita conocer un punto de partida y dé pistas sobre aquellos aspectos prioritarios sobre los que trabajar en el programa de ejercicio. ¿Mucho pedir, no?


¡Pues no! Ya hace unos años que conocí el trabajo de Gray Cook y un sistema de valoración desarrollado por él: Functional Movement Screen®. Leí algunos artículos, compré uno de sus libros y visioné algún video. Su propuesta, además de interesante y fundamentada, parecía la respuesta a lo que hace tiempo buscaba. Pero hasta hará algo menos de un año, no tuve la posibilidad de asistir al curso de formación y  realizar la certificación. Sin duda, ha sido uno de los cursos más provechosos que he tomado y muy recomendable para cualquier entrenador o preparador físico.

Porque... ¿para qué valoramos determinadas capacidades físicas sin habernos fijado en posibles limitaciones, asimetrías o falta de control sobre movimientos fundamentales? ¿Cómo podemos mejorar la condición física de una forma segura sin haber desarrollado una base sólida de patrones de movimientos? ¿No sería como construir una casa sin unos fundamentos sólidos?