26 de julio de 2015

NACIDOS PARA CORRER


Correr está de moda. Es algo que nadie puede negar. Es habitual cruzarse a diario con numerosos grupos de corredores (runners, según la terminología actual), gran parte de las carreras populares cuelgan el cartel de “inscripciones agotadas” (sirvan de ejemplo los 39.000 participantes de la mítica San Silvestre Vallecana del pasado 31 de diciembre) y todos tenemos algún conocido que ha dejando atrás las tardes de sofá para preparar una carrera o triatlón de larga distancia. 

De forma paralela han crecido el número de carreras, los clubes de corredores, el equipamiento, productos y gadgets para estos y la información relacionada con el mundo del running (artículos, revistas, blogs,…). Como sucede en estos casos, uno encuentra opiniones enfrentadas: algunos defensores de las bondades de esta práctica deportiva y otros detractores que consideran que no estamos diseñados para correr, que llevar al límite el cuerpo humano no es bueno y que esta fiebre por correr es una moda pasajera. 

Pero, ¿qué hay de cierto en todo ello? ¿Realmente estamos diseñados para correr? ¿Existe alguna fuerza “natural” que nos empuja hacia la carrera de resistencia? O, por el contrario ¿nos empeñamos en hacer algo anti-natural para nuestro organismo como un acto de desafío personal y una demostración de nuestra fuerza de voluntad, tenacidad y compromiso? Podemos buscar respuestas a estas preguntas desde distintas disciplinas, aunque hoy os propongo hacerlo desde un prisma distinto, poco habitual en nuestra sociedad actual y menos aún si cabe en el sector del fitness: la biología evolutiva.

El ser humano y la caza por persistencia.

Gran parte de los estudios sobre la evolución de la locomoción en el ser humano se ha centrado en la marcha. Muchos investigadores consideran que el primer antepasado con forma similar al cuerpo humano moderno es el Homo Erectus, y que es el resultado de una serie de adaptaciones evolutivas para mejorar la eficiencia de la marcha cuando empezamos a pasar más tiempo en habitats abiertos, con menos árboles. Aunque la biomecánica de la marcha y de la carrera ha sido objeto de muchos estudios, lo cierto es que prácticamente ninguno ha considerado si correr ha sido una forma de locomoción que haya influido en la evolución humana. 

En el 2004, la revista NATURE publicó un artículo que revisaba un estudio de Bramble y Lieberman, “Endurance Running and the evolution of Homo”, que aportaba indicios de que no tan sólo estamos bien preparados para la carrera de larga distancia, si no que nuestro organismo ha sufrido adaptaciones evolutivas que solamente cobran sentido en el marco de la carrera. 


Si nos fijamos en la naturaleza, el ser humano es un pésimo sprinter. Los mejores velocistas del mundo son capaces de mantener una velocidad de 10 m/s durante menos de 15 segundos, cuando otros mamíferos como los caballos, los galgos o los antílopes pueden mantener velocidades de 15-20 m/s durante varios minutos. Además, correr tiene un coste energético superior para los humanos que para cualquier otro mamífero de su mismo peso. De hecho, desde un punto de vista de las capacidades físicas, ¡somos los peores atletas del reino animal! Pero parece ser que hay una actividad en la que no somos tan malos: la carrera de resistencia. ¿Qué hace que podamos pensar esto? Bien, eso es lo que estudiaron Lieberman y Bramble.

En primer lugar, los autores identifican una serie de características evolutivas que nos alejan de otros primates y que son comunes con otros animales corredores. Es decir, que algunos de los cambios que hemos ido sufriendo durante dos millones de años pueden entenderse si pensamos que, en un momento de nuestra historia, correr era una necesidad vital para la supervivencia. ¿Qué tipo de rasgos o características nos identifican como corredores? 

Algunas adaptaciones parece ser que favorecen un menor coste energético durante la carrera, aprovechando la energía elástica de los tejidos (p.e. fascia plantar, tendón de aquiles) o reduciendo la masa distal (pies más cortos y compactos, antebrazos más cortos). Otras permiten soportar mejor las fuerzas reactivas del suelo durante la carrera, que pueden ser entre 2-4 veces el peso corporal (mayores superficies articulares en columna, cadera y piernas para repartir mejor las cargas). Al correr, las necesidades de estabilización aumentan respecto a caminar (lo que podría explicar el desarrollo del glúteo y la musculatura extensora de la columna para estabilizar el tronco, la disociación de la cabeza de la cintura escapular o el estrechamiento de la cadera.  Por último,  la termo-regulación es un aspecto muy importante para la carrera, pero no tanto para la marcha. A diferencia de otros animales, ¡somos grandes “sudadores”!, lo que nos permite hacer actividades a una cierta intensidad en climas o bajo temperaturas que otros mamíferos no podrían soportar (el sudor, la pérdida de pelo, sistemas de ventilación craneales son algunas adaptaciones  que hemos sufrido).


En segundo lugar, los autores desarrollan una hipótesis de los motivos de esa evolución. La carrera de resistencia jugó un papel clave en nuestra evolución, permitiendo que el Homo cazara, obteniendo así una dieta más rica en grasas y proteínas que cubriera las necesidades de aquel peculiar humano de cuerpo alargado, estómago pequeño, cerebro grande y dientes pequeños. Todo apunta a que, hasta la aparición de las primeras herramientas y armas de caza, prácticamente dos millones de años más tarde, los primeros homínidos utilizaban la “caza por persistencia” para conseguir carne. Esta consiste en perseguir a la presa, normalmente en las horas más calurosas del día, a una velocidad cómoda para el cazador pero que obligaba a medio galopar al animal, lo que poco a poco va incrementando su temperatura corporal hasta el punto en que debe detenerse, exhausto, permitiendo que sus perseguidores le den caza.

En resumen, según este estudio, existe evidencia de que algunos rasgos del cuerpo humano se han desarrollado específicamente para facilitar la carrera de resistencia, y que no tendrían su razón de ser en una especie que solamente utilizase la marcha como forma de locomoción. 

¿Por qué correr “engancha”?

Todos los runners habituales comentan lo bien que se sienten después de correr y lo mucho que lo echan a faltar cuando no han salido a rodar en varios días. Parece ser que la carrera de resistencia proporciona algunas recompensa neurobiológicas (lo que se conoce popularmente como “runner’s high”, o “subidón del corredor”) durante y después del ejercicio, que incluyen mejora de la autoestima, reducción de la ansiedad, sensación de bienestar y de calma post-ejercicio, así como una disminución de la sensación de dolor (Dietrich y McDaniel, 2004; Ogles y Masters, 2003; Sachs y Pargman, 1979). Parece ser que esta recompensa emocional juega un papel importante en la motivación de los seres humanos para correr (Ogles y Masters, 2003), e incrementa su capacidad para mantener actividades aeróbicas de intensidad elevada durante largas distancias (Dietrich y McDaniel, 2004). 

Un estudio publicado en The Journal of Experimental Biology en el año 2012, descubrió que tanto los humanos como los perros compartían un significativo aumento de eCBs (Endocanabinoides) después de 30’ de carrera en cinta a una intensidad elevada. Por el contrario, en el caso de los  hurones no se produjo el mismo efecto. Los perros y los humanos son mamíferos con extremidades adaptadas para correr, características que no tienen los hurones. Curiosamente, ese aumento de eCB no ocurrió ni en los perros ni en los humanos tras 30’ caminando en la cinta (ejercicio aeróbico de baja intensidad). Los eCBs son neurotransmisores endógenos que parece ser juegan un importante papel en generar esa “recompensa” al activar los receptores canabinoides en el cerebro durante y después del ejercicio. 


Ese efecto psicológico positivo del ejercicio de resistencia podría explicar porqué los humanos y otros mamíferos como los perros se “enganchan” al ejercicio aeróbico pese a su elevado coste energético y riesgo de lesión. Algo que no resulta tan extraño si pensamos que muchas personas salen a correr con sus perros y ¡éstos parecen disfrutar de la actividad igual o más que sus amos!

Actualmente, correr es principalmente una forma de ejercicio y ocio, pero sus raíces podrían ser tan antiguas como el origen del género humano y sus demandas un factor determinante en la forma del cuerpo humano. Tal vez por ese motivo nos gusta correr. Porque nos permite conectar con nuestro pasado. Porque nos hace sentir bien. Porque hemos nacido para correr.

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Referencias

“Endurance running and the evolution of Homo” , Dennis M. Bramble & Daniel E. Lieberman, NATURE VOL 432, Nov 2004 
“Wired to run: exercise-induced endocannabinoid signaling in humans and cursorial mammals with implications for the ʻrunnerʼs highʼ, David A. Raichlen, Adam D. Foster, Gregory L. Gerdeman, Alexandre Seillier and Andrea Giuffrida, The Journal of Experimental Biology 215, 1331-1336, 2012 
“La historia del cuerpo humano”, D. Lieberman, Ed. Pasado y presente, 2014

Este artículo ha sido publicado en la revista Bodylife Spain el mes de febrero del 2015